Hace ya muchos días que no actualizo, pero es que no se me ocurre nada que poner, me aburro muchísimo, tanto que me he omprado cuadernillos de vacaciones, habiendo aprobado todo, YO NECESITO UNA RUTINA (aunque sea la forma de control mas espiadada, pero la necesito), finalmente he optado por hacerle caso a un amigo mío(100 gracias guillermo) y escribir un relato y aquí os lo dejo, espero que os guste:
Aquella tarde de primavera, en el barrio senegalés de Swait, había una tranquilidad como mínimo inusual y extraña. El ruido de los carros que solían pasar por el nuevo camino que habían construido al lado de mi casa ya no nos atormentaba. Esto pasaba ya hacía algunos días. Toda mi familia estaba inquieta, todos estaban preocupados. Nadie salía a la calle, todo estaba desierto, el vertedero, el mercado, el pozo de agua... No lo entendía y lo que es peor, nadie quería explicármelo. Pasábamos todo el día en la salita, frente a la radio, esperando noticias, no sabía exactamente cuáles, pero noticias. De lo que sí tenía consciencia era de que se trataba de algo grave. Padre no iba a trabajar al campo que cultivaba junto a mis 4 hermanos, madre y mis cuatro hermanas no cuidaban de la casa, ni hacían sus tareas como de costumbre y yo, no iba a por agua al pozo de la ciudad, ni al vertedero a por utensilios ni ropa, ni siquiera veía pasar a los niños ricos del pueblo de al lado, en sus burros, hacia el colegio.
Yo no me enteré hasta años después, cuando casualmente encontré la historia en un libro y las piezas de ese puzzle empezaron a encajar para mi.
El causante de estos sucesos había sigo ese maldito oro negro que trae loco a todo el mundo. La plantas petrolíferas estadounidenses que había en la ciudad habían alertado al gobierno de su país de que los políticos del mío habían robado petróleo de uno de los pozos estadounidenses, hecho sin duda estúpido, ya que el petróleo en sí, antes de ser extraído, es propiedad de Senegal, de nadie más. El gobierno de Bush se movilizó rápidamente. Las tropas de Estados Unidos, Rusia y Japón habían invadido nuestro territorio con sus rifles, cañones y tanques. Los políticos de mi país fueron obligados a ceder todo el petróleo sin extraer a Estados Unidos. Por otro lado los cascos azules de la ONU junto con las tropas de mi país defendían nuestros derechos. En pocos días eso se convirtió en una sangrienta guerra.
A padre le mataron cuando intentaba defender nuestra casa, dejando viudas a las 3 esposas a las que mantenía. Al-caseiz, mi hermano mayor, entregó todo el dinero que quedaba en mi casa a un hombre un tanto extraño y nos dijo a madre, a mis cuatro hermanas y a mí, que no nos asustásemos, que esa noche un buen hombre nos prestaría un barco y podríamos irnos a España, un país próspero y pacífico. Madre se puso a llorar desconsoladamente.
A las doce de esa noche, fuimos al puerto y un blanco nos dijo que subiéramos a una especie de balsa donde, junto con nosotros, iban otras veinticuatro personas.
No sé cuanto tiempo pasó, días, semanas, tal vez meses. Madre y mi hermana Luhpna habían muerto en el viaje. Cuando divisamos tierra, no teníamos fuerzas para nada. Cuando bajamos de aquel barco, al que por allí llamaban patera, mi hermana Fuasheth se puso de parto. Yo entendía casi todo lo que aquella extraña gente que vestía con un chaleco brillante con un dibujo de una cruz a la espalda (al principio pensaba yo que lo que pasaba es que eran muy religiosos) decían, ya que padre en su juventud estuvo en España y pudo enseñarme castellano. Yo tenía miedo, no sabía que iba a pasar conmigo y con mi familia. Me preguntaban cosas y yo respondía asustado pero ahora no me arrepiento de ello, porque gracias a eso dejaron quedarse a mi hermana Fuasheth, a su hija recién nacida y a mi, porque era menor de edad. A mis hermanas gemelas, Thuament y Sahara les concedieron un permiso de residencia, pronto encontraron trabajo y les arreglaron los papeles.
Al final todos nos quedamos en España. Mis hermanas se casaron y pudieron trabajar fuera de casa (cosa que en mi país no estaba permitida) y mis tres hermanos que no habían muerto vinieron a España, pero en avión. Yo pude ir al colegio y ahora estoy estudiando un Bachillerato de ciencias de la salud, para ser médico y poder ayudar a las personas.
Pero, sin poderlo remediar, cada vez que alguien me excluye por venir de donde vengo, no puedo evitar pensar en todos los niños que van a la guerra, que no pueden ir al colegio, o que simplemente vivían como yo lo hacía antes, siento como me desmorono y entonces me siento afortunado y lloro, lloro por madre, por padre, por Luhpna, por mis dos hermanos, que no han podido conocer esto y, por último, lloro por la felicidad de sentirme acogido por quienes son felices pensando que todos somos iguales. Después no puedo evitar pensar y compadecerme de aquellos quienes están demasiado ocupados pensando en lo malos que somos los inmigrantes, que no pueden ver la suerte que tienen de vivir donde viven y, tienen tan mal corazón, que no pueden soportar como los demás somos felices.
NO AL RACISMO, NO A LA XENOFOBIA,
SI A LA ACEPTACIÓN.
¿no son preciosos? 